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Juan de la Cosa y el más antiguo mapa de América

Juan de la Cosa y el más antiguo mapa de América: “

AVISO: Este artículo corresponde a una versión reducida del que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, número 62, agosto de 2010.

Es el primero del Nuevo Mundo llegado hasta nosotros. Parece que la Providencia, preservando de la destrucción el monumento geográfico más grande de fin del siglo XV y principio del XVI, ha querido que la posteridad hiciese justicia a los eminentes servicios y excelsos méritos del navegante, nauta y sabio geógrafo vizcaíno Juan de La Cosa. Porque resulta que, a pesar de ser tenido por sus contemporáneos en gran predicamento como hombre de mar, no se ocuparon de sus hechos los historiadores de aquella época. Su vida, llena de grandes merecimientos, ha permanecido casi ignorada hasta nuestros días. Acompañó a Colón en el primer viaje, circunstancia que fue ignorada por Humboldt y Washington Irving, facilitándole su nave propia, la célebre Santa María, navío almirante de la expedición, que encalló y se perdió en las costas de Santo Domingo…

Fragmento de un artículo sobre Juan de la Cosa en la pluma de Segundo de Ispizua.

La Ilustración Española y Americana, edición del 15 de julio de 1917.

No es mi intención entrar en discusiones eternas, porque a buen seguro que a más de uno se le ocurre recordar el mapa de Vinlandia y otras supuestas representaciones antiquísimas de América en forma de mapa. No, ese no es el asunto que hoy visita estas páginas, porque además tampoco tiene mucho sentido ya que existen opiniones para todos los gustos. Hoy es Juan de la Cosa el protagonista y, cómo no, su mapa, que es considerado por los expertos como el más antiguo que haya llegado a nosotros en que se represente el continente americano. No debe extrañar, Juan de la Cosa fue un testigo excepcional del descubrimiento que, además de cartógrafo, fue un aventurero digno de ser recordado.

Un cántabro inquieto

Ah pero, ¿Juan de la Cosa no era vizcaíno? Tal cosa puede todavía extrañar a quien lea alguna reseña histórica de cierta antigüedad, como sucede por ejemplo con artículos de la época del que abre el presente. Durante mucho tiempo se pensó que Juan de la Cosa era vasco, o más bien se confundió, pues El Vizcaíno era otro navegante. Diversos documentos prueban que el origen de nuestro aventurero hay que buscarlo en la cántabra ciudad de Santoña. No es cosa rara la confusión, como tantas otras, pues lo que ha llegado a nuestros días sobre la vida de este singular personaje es bastante escaso y, para ahondar más en nuestra ignorancia, de su niñez y juventud poco se ha logrado averiguar.

Fuente

Se estima que nació a mediados del siglo XV, y poco más se sabe de él hasta que encontramos su pista en Portugal hacia 1488. Por entonces ya debía ser un navegante excepcional, versado en cartografía y geografía, pues se ha sugerido que no se encontraba en Lisboa precisamente de viaje de placer, sino espiando a las órdenes de los Reyes Católicos a la busca de información secreta sobre las exploraciones portuguesas en el sur de África. Suerte tuvo como espía, pues de haber sido capturado en Portugal, muy posiblemente no hubiera sobrevivido para averiguar que, al otro lado del Atlántico, todo un Nuevo Mundo esperaba a los europeos. Muchos años más tarde, en 1503, retomó siendo ya célebre personaje de su época, las tareas de espionaje en tierras portuguesas. En esa ocasión fue capturado sin haber podido completar su labor y devuelto a Castilla de mala manera. Mucho antes de ese contratiempo, unas aventuras le llevaron a otras, como si su destino fuera saltando de un gran reto al siguiente. El siempre inquieto navegante logró ser el propietario de algún barco en el Puerto de Santa María, donde tuvo tratos comerciales con los hermanos Pinzón y, de ahí, entró en contacto con un tal Cristóbal Colón, un completo desconocido por entonces. Fue Juan quien puso a disposición de Colón una nao de su propiedad, nombrada para el histórico viaje americano como Santa María, expedición en la que igualmente participó personalmente y donde, para colmo, vio cómo su nave zozobraba en aguas haitianas. Al parecer, Colón acusó a nuestro aventurero poco menos que de cobarde, habiendo huido del barco mientras se hundía.

De la cosa regresa a América

Muy cobarde no debía ser el bueno de Juan pues, además de ser recompensado por los reyes por la pérdida de su barco, bien pudo permanecer tranquilo en España, con fama y dineros a su disposición, siendo agasajado a diario, contando todo tipo de historias sobre lejanas tierras vírgenes. Al contrario, regresó a América en el segundo viaje de Colón, no se sabe si como cartógrafo al cargo de las cartas de marear o como simple marinero. Sea como fuere, se sabe que en ese viaje, en el que tuvo como compañero a cierto Juan Vizcaíno con el que ha sido confundido durante tanto tiempo, se vio obligado a firmar un juramento en el que renegaba de Cuba como isla. La manía, o maniobra calculada más bien, por la cual Colón declaraba esas tierras como continente, fue devuelta como si de justicia cartográfica se tratara en el mapa que Juan elaboraría tiempo después y en el que, olvidando el inútil juramento, dibujó a Cuba como lo que realmente es: una isla.

Hay algunas pruebas que hacen pensar en la presencia de Juan de la Cosa en el tercer viaje de Colón, sin que este punto haya sido aclarado, pero de lo que no hay duda es que el aventurero sentía la llamada de aquellas tierras. En 1499, con la pérdida por parte de Colón del monopolio que había guardado hasta entonces sobre todo viaje hacia América, se empezaron a organizar expediciones por doquier en busca de fortuna. La experiencia como piloto y cartógrafo de Juan de la Cosa hacía que fuera alguien muy valorado por los promotores de viajes hacia el Nuevo Continente. Nuevamente a la mar, Juan surcó las aguas del Atlántico a las órdenes de Alonso de Ojeda, en una navegación que le llevó a contemplar la desembocadura del Orinoco y gran parte de la costa sudamericana septentrional. Nuevas aventuras tuvo para narrar a su regreso a España, incluyendo un percance con una flecha indígena que casi acaba con su vida, pero pocos dineros logró la expedición. Sin embargo, un tesoro incalculable fue recogido por Juan de la Cosa pues, minuciosamente, fue reuniendo los apuntes que realizó en el viaje para dar forma a su magna obra cartográfica.

Llegados al año 1500, la fiebre por los viajes americanos puso a disposición de Juan de la Cosa una nueva oportunidad de cruzar el charco. Un notario sevillano que atendía al nombre de Rodrigo de Bastidas, logró una licencia real para probar fortuna en América. El notario consultó a nuestro cartógrafo sobre las mejores rutas para atender con buen ánimo la aventura y, una cosa llevó a la otra, pues de simple consejero pasó a convertirse en piloto de la expedición. El oro les esperaba al final del viaje, más no fue la fortuna muy amable con los marinos, pues la burocracia les jugó una mala pasada al forzar el mal tiempo a sus naves a dirigirse hacia La Española, lugar vedado para ellos, donde la tripulación fue arrestada y, al parecer, sus bienes confiscados en gran parte. Posteriormente la reina Isabel encomendó a Juan de la Cosa diversas tareas, además de un cargo en la recién nacida Casa de la Contratación y tanto él como el capitán Bastidas fueron exonerados de cualquier cargo por el percance en La Española, mas no lograron recuperar lo que hubiera sido toda una fortuna en forma de oro. ¿Acaso no tenía ya suficiente el marino cartógrafo con tanta correría? Parece que no, porque incluso con un cargo bien remunerado, se empeñó en 1504 en organizar un viaje a América por cuenta propia. Con cuatro navíos exploró grandes territorios de Sudamérica y las Antillas y sufrió grandes penalidades, pero sus esfuerzos fueron recompensados con una gran suma de dinero por la Corona.

Nuevamente el juego comenzaba otra vez, en España participó en la Junta de Burgos, discutiendo con sus contemporáneos sobre cómo llegar a Asia navegando hacia el oeste y perfilando el mapa administrativo de las nuevas tierras descubiertas. Pero no iba a quedarse quieto, naturalmente, un viaje a La Española dotado económicamente de forma espléndida por la corona y la idea de establecerse en el Nuevo Mundo con su familia, iban a forjar su futuro. Por desgracia, la idílica estampa que pintó en su mente Juan de la Cosa esta lejos de formar parte de ese porvenir. Una flecha envenenada terminó con su vida de forma violenta, cuando participaba en la persecución de un grupo de indígenas después de un sangriento combate.

El mapamundi de Juan de la Cosa

Visto de cerca no parece gran cosa, una simple pintura sobre pergamino con menos de un metro de algo y cerca de dos metros de ancho. Actualmente se conserva en el Museo Naval de Madrid, donde orgullosamente muestra una inscripción que nos cuenta su origen. El mapa grita a quien lo vaya a contemplar el nombre de su autor, Juan de la Cosa. Fue allá por 1500 cuando el cántabro realizó este célebre mapa para la Corona, representando las tierras americanas por él exploradas, junto con el resto de regiones del Nuevo Continente de las que se tenían noticias por parte de otros navegantes. En conjunto, se trata de la representación más antigua que se conoce de los descubrimientos americanos a finales del siglo XV. A modo de portulano ricamente decorado, como en las cartas medievales, Juan de la Cosa, testigo único de una época sin igual, dibujó no sólo perfiles de la costa, ríos o montañas, sino también representaciones de personajes, como Colón y animales mitológicos. Curiosamente, y posiblemente recordando el dichoso juramento que el descubridor de América le hizo firmar, el cartógrafo se empeñó en plasmar Cuba como isla, cosa que a Colón hubiera enfadado.

Fragmento del mapa de Juan de Cosa.

El mapamundi de Juan de la Cosa no siempre ha estado en un museo y, para nuestra suerte, ha sorteado graves peligros a lo largo del tiempo hasta llegar a nosotros en un aceptable estado de conservación. El mapa desapareció de los registros históricos durante cientos de años, hasta que en 1832 fue adquirido por un potentado holandés a un precio de risa en una maniobra que, a buen seguro, salvó a este tesoro de terminar sus días en manos de algún ropavejero. A mediados del siglo XIX pasó a manos del gobierno español en una subasta y, desde ese momento, se encuentra a salvo en el Museo Naval, como objeto superviviente de toda una serie de carambolas, tal y como narraba Guillermo de Federico en la revista Vida marítima en su edición del 10 de mayo de 1908:

La propiedad de esta Carta es del Depósito Hidrográfico, con cuyos fondos fue adquirida en París, el año 1853, por el célebre historiador cubano D. Ramón de la Sagra, comisionado por el Gobierno español para comprarla en la subasta pública que se hizo de los papeles y documentos que poseía el barón Walckenaer, Ministro plenipotenciario de Holanda en París. La Carta se adjudicó en 4.321 francos y fue depositada, para su custodia y exposición al público, en el Museo Naval. Mide el Mapamundi 0,80 por 1,92 metros, y se halla delineada en dos trozos de pergamino, unidos por el eje menor del rectángulo, que forman y abarca el dibujo en su parte geográfica, Europa, África, la parte más conocida del Asia hasta el río Ganges, con varias islas del Océano Indico, y por último, el diseño de las Indias occidentales, con las tierras entonces descubiertas y apenas reconocidas, como eran las Antillas, Tierra Firme y casi todo el seno mejicano, y además, se indican las costas orientales de la América del Norte. La Carta, esencialmente hidrográfica, carece de detalles en la parte terrestre, y solamente algunos de los principales ríos navegables y cordilleras más notables aparecen trazados en ella. Los dibujos y miniaturas que adornan el Mapa, según costumbre de la época, son abundantes y notables. Coronando el rectángulo, en su extremo occidental, hay una efigie de San Cristóbal, llevando en sus hombros al Niño Jesús, y al pie de ella la siguiente inscripción:

Juan de la Cosa la fizo en el Puerto de Sª Mª en anno de 1500.

En el centro del pergamino, una gran rosa de los vientos (aparte de otras nueve más pequeñas repartidas en el Mapa), de la que parten los treinta y dos rumbos, y dentro de ella una imagen de la Virgen y el Niño. Castillos, iglesias, banderas y reyes con sus rótulos, los tres Reyes Magos y su estrella guía, y multitud de letreros, que con los dibujos de naos y carabelas de distintas nacionalidades, y las cabezas de cefirillos que soplan indicando la dirección de los vientos, enriquecen la documentación histórica y geográfica de esta Carta. Los errores (en su mayoría no grandes) que en longitud y latitud se observan en diversos puntos de la Carta, no bastan a obscurecer ni rebajar el mérito de los conocimientos que poseía su autor, el piloto que fue de Cristóbal Colón en la nao Santa María, constituyendo su obra un verdadero monumento geográfico, dados lo escaso e imperfecto de los datos conocidos en aquella época.

Toda una suerte, sobre todo porque se sabe que Juan de la Cosa realizó otros mapas, muy famosos en su época, de los que no ha quedado más que un leve recuerdo. Contemplar ese pedazo vivo de la historia de España, que ha llegado a nosotros desde el siglo XV con gran fortuna, es todo un honor que hoy se une a una celebración singular pues ahora, en 2010, se celebra el quinto centenario de la muerte del gran marino y cartógrafo cántabro.

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