The Information Systems and Computer Applications examination covers material that is usually taught in an introductory college-level business information systems course.

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   ¿Tenemos controlada nuestra privacidad en la red?

 

 ¿Tenemos controlada nuestra privacidad en la red? ¿Somos completamente libres cuando actuamos en ella? ¿Estamos seguros de a dónde va a parar la información que proporcionamos en el ciberespacio?

Internet se ha convertido ya en una parte imprescindible de nuestras vidas. Para un gran porcentaje de la población, es impensable no estar conectado todo el tiempo que pasamos despiertos. Ya sea mediante el email, con las redes sociales o simplemente leyendo el periódico online, no concebimos estar desconectados.

Pero en muchas ocasiones, no somos plenamente conscientes del flujo completo de información que se genera cada vez que hacemos una búsqueda en Google o subimos una foto a Facebook en la que etiquetamos a nuestros amigos. Creemos que somos meros receptores de información, como cuando cogemos un libro en la intimidad de nuestra casa. Pero todas nuestras acciones van dejando su rastro.

Hace unos días, leyendo un artículo de Communications of the ACM titulado “Privacidad y Seguridad. La enmarañada web que hemos tejido”, se me plantearon algunos interrogantes que en alguna ocasión han sido objeto de conversación de sobremesa y cuyas respuestas son muy diferentes según los integrantes del debate.

Aunque de un modo algo catastrofista según mi opinión, el artículo plantea ciertas cuestiones que muchas veces pasamos por alto, y que está bien pararse a pensar. Porque habitualmente no somos conscientes del alcance de nuestras acciones y del precio que pagamos por servicios gratuitos.

Mucha gente no se plantea el concepto de privacidad en Internet y creen que la seguridad se limita a no hacer compras online por si le roban la tarjeta de crédito. Otros conocen las opciones de privacidad de sus redes sociales y creen que es suficiente con proteger sus publicaciones virtuales de ojos indiscretos. A este último grupo pertenecen las personas que zanjan los debates sobre privacidad y seguridad con argumentos como “¿para qué va a querer Facebook mis fotos?”, “¿qué le importa a Google lo que yo busco?” o “a Microsoft le da igual a quién le envío correos electrónicos”.

Parece que olvidamos que la información es poder, y como plantea el artículo, bajo una falsa sensación de libertad, vamos dejando pedacitos de nosotros mismos, nuestros gustos y costumbres sin ser conscientes de que alguien pueda sacar provecho de todo ello.

Cada día se generan miles de millones de bits de información, susceptible de ser objeto de herramientas deData Mining con las que obtener estadísticas muy valiosas. Esta información tiene un valor incalculable, tanto para los gobiernos como para las grandes corporaciones que nos quieren vender algo.

El ser humano es predecible, y en palabras de Eben Moglen, autor del artículo, “nuestro consumo proporciona información que puede ser usada para leer nuestras mentes”.

Así pues ¿estamos dispuestos a vender nuestra privacidad para obtener a cambio servicios sin coste económico? Aún en caso de que respondamos negativamente a esta pregunta, nuestra privacidad no está únicamente bajo nuestro control.

Es posible que una persona no tenga redes sociales, y sea muy cuidadoso con todas sus acciones en la red. No importa. Basta con que un amigo le etiquete en una foto (es posible poner el nombre de una persona aunque esa persona no tenga usuario en Facebook por ejemplo), que otro amigo guarde sus datos con nombre y apellidos en sus contactos de Google y que su nombre y DNI aparezca por ejemplo en la lista de preinscritos para la Escuela Oficial de Idiomas.

Con esos tres pequeños puntos (e incluso con menos), cualquier corporación que pueda permitirse comprar esa información y tenga la capacidad de procesarla va a poder saber todo lo que necesite saber acerca de esa persona en cuestión.

Se trata por tanto de una responsabilidad colectiva, de una privacidad conjunta que está escapando a nuestro control. Porque probablemente a Facebook no le interesen mis fotos, ni a Google lo que busco ni a Microsoft a quién le envío correos, yo sólo soy un número más. Pero cuando juntamos a usuarios anónimos, que sólo son un número más, la ingente cantidad de información a manejar tiene un valor incalculable.

Y ante este panorama tan negro ¿qué podemos hacer? Obviamente necesitamos buscadores, proveedores de correo y comunicarnos digitalmente con el resto del mundo. En este punto, el artículo plantea la importancia de utilizar herramientas de software libre para montar nuestros propios servidores personales.

De este modo, en lugar de tener un servicio centralizado que proporciona al proveedor valiosa información, seremos nuestros propios proveedores y mejoraremos nuestra privacidad y por extensión, la de nuestros amigos y familia.

A mi modo de ver, es una solución utópica, y que no resulta posible al menos a medio plazo. Por mucho que se haga una importante tarea de enseñanza y concienciación, un enorme porcentaje de la población no posee (ni puede poseer) los medios y los conocimientos necesarios para llevar esto a cabo.

Hoy por hoy, no conozco una alternativa viable a depender de mi proveedor de correo o de mis redes sociales. Soy consciente de que cualquier información que publico, deja de estar en mi poder y probablemente alguien saque algún beneficio de ella. Pero espero que poco a poco vayamos recuperando realmente el control de nuestra privacidad. Como concluye el artículo “No será fácil salvar la privacidad. Pero si creemos en la libertad, no tenemos otra alternativa en absoluto”.

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